| Así pues, aquel extraño
vehículo de tan sólo dos ruedas -algo realmente extravagante
para la época- llevaba camino de abrirse paso, contra todo
pronóstico, en el incipiente mundo industrializado del siglo
XIX. En 1839, el herrero escocés Kirkpatrick Macmillan añadió
los pedales al rudimento de Drais, abandonándose así
el contacto de los pies contra en suelo como medio de impulsión.
Estos pedales, en ausencia aún de la cadena de transmisión,
se hallaban conectados a la rueda trasera por un juego de palancas,
de suerte que el movimiento de los pies del cabalgador de turno hacia
abajo y hacia adelante hacía que la máquina se pusiera
en movimiento. El propio Macmillan probó la efectividad de
su innovación, al realizar un viaje de ida y vuelta a Glasgow
(226 km.), alcanzando en algunos tramos una velocidad media de 13
km/h.
No obstante, una aplicación más sencilla de los pedales
como sistema de propulsión acabó desplazando a la
ideada por el herrero escocés: en 1861 el francés
Ernest Michaux, constructor de carrozas, acopló los pedales
directamente en el eje de la rueda delantera, aumentando notablemente
el diámetro de la misma. Había nacido el velocípedo
(de velox=veloz y piedis=pie), aunque la falta de estabilidad, debido
a las enormes dimensiones de la rueda directriz -a menudo más
alta que un hombre-, hacía que únicamente los muy
experimentados osasen cabalgar sobre tan peligrosos artilugios:
solamente el hecho de montar sobre el velocípedo para iniciar
la marcha suponía ya un arriesgado ejercicio más propio
de equilibristas que de deportistas. A pesar de las dotes circenses
que se requerían para su manejo, el velocípedo de
Michaux alcanzó gran popularidad, sufriendo diversas modificaciones
a lo largo de su existencia que se concretaban básicamente
en aumentar cada vez más el diámetro de la rueda delantera
y la reducción paulatina de la trasera. Esto incrementaba
la velocidad del vehículo, pero también su inestabilidad,
lo que le hizo ganarse el apodo de “quebrantahuesos”. |