» Historia de la bicicleta (1)
Nacida como un juguete para ricos, reivindicada posteriormente por las clases proletarias, protagonista indiscutible de la revolución industrial, repudiada por los "snobs" de las nuevas burguesías de los 70 e instalada definitivamente en nuestras vidas cotidianas de la mano del "boom" del deporte para todos, la inefable y doméstica bicicleta se ha ganado un lugar en los garajes de todo el mundo. Hoy, su número duplica al de automóviles en nuestro planeta. Es, sin duda, el más popular medio de transporte y ejercicio del globo. Esta es, a grandes rasgos, su azarosa historia.
Algunos investigadores sitúan a las antecesoras de nuestras bicicletas en las antiguas civilizaciones de China, India e incluso en Egipto, donde han aparecido algunos jeroglíficos representado a "un hombre montando un aparato formado por dos ruedas unidas a un potro". Aunque resulta un poco aventurado relacionar directamente tales hallazgos con la actual concepción de la bicicleta, lo cierto es que el invento en cuestión tampoco es nada nuevo: en 1966, unos monjes italianos encuentran, en la biblioteca Ambrosiana de Milán, un boceto de Leonardo Da Vinci, datado aproximadamente en 1490, que representaba un artilugio prácticamente idéntico, en lo básico, a la actual bicicleta. La máquina en cuestión preconizaba ya la inclusión de la cadena como sistema de transmisión, elemento éste que, como más adelante comprobaremos, tardó casi cuatrocientos años en aparecer en la bicicleta real. Como vemos, Da Vinci fue un auténtico "visionario" en este terreno, tal como demostró sobradamente con sus otros diseños, más conocidos, de "autogiros" y otras máquinas volantes.
Sin embargo, hay que esperar hasta 1790 para que aparezca en las calles el primer ancestro de la bicicleta moderna. En tal fecha, el Conde Mede de Sivrac (Francia) inventa el "celerífero", un ingenio consistente en un par de ruedas unidas por una viga, sobre la que el intrépido cabalgador de turno se sentaba, impulsándose directamente con los pies contra el suelo. Carecía de sistema de dirección, pero supuso una disgresión fundamental con los vehículos similares ideados hasta ese momento: se había abandonado la proverbial estabilidad de las cuatro ruedas en favor de una novedosa aunque arriesgada concepción del desplazamiento basado en el equilibrio.
No se tardó mucho en perfeccionar el primigenio cachivache del noble galo: en 1817, el joven barón alemán Karl Drais von Sauerbronn incluyó un sistema de dirección pivotante sobre el cuadro, aplicado a la rueda delantera, prácticamente idéntico en lo esencial al actual. La nueva máquina, bautizada como "draisiana" en honor a su inventor, hizo auténtico furor entre las clases altas de Inglaterra, Francia, Alemania e incluso América. El mismo barón Drais fue el encargado de demostrar públicamente la efectividad de la draisiana, al cubrir el trayecto entre Mannheim y Karlsruhe, a lomos de su invención, en tan sólo cuatro horas, frente a las dieciséis que se empleaban en hacer el mismo recorrido a pie.

Boceto de Da Vinci (s.XV), ya con muchas características
de las modernas bicicletas que hoy conocemos

Celerífero de Sivrac, rudimentario e incontrolable.

La draisiana, más gobernable debido a
su sistema de dirección, aún se impulsaba
con los pies sobre el suelo.

 

- Piñón Libre - Revista oficial del Club Ciclista León -