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ANTECEDENTES HISTÓRICOS
Independientemente de que sea en la actualidad cuando el dopaje
ha adquirido triste protagonismo, su existencia data de siglos atrás.
Hay referencias de su uso en los antiguos Juegos Olímpicos
de la Grecia clásica; también en la América
precolombina, los incas masticaban hojas de Erythoxylo Coca para
aumentar su rendimiento en la caza o el combate. En la China anterior
a Jesucristo se consumían sustancias obtenidas de plantas
como la Ephedra para mantenerse "despiertos y vivos".
Incluso los caballos del emperador romano Calígula eran alimentados
con hidromiel para incrementar su resistencia. En el terreno mitológico,
se cuenta que los temibles vikingos potenciaban su agresividad para
la lucha mediante la bufoteína extraída del hongo
Amanita Muskaria. Más recientemente, ya en los inicios de
la época moderna del olimpismo, la ausencia de controles
y penalización sobre el dopaje permitía que muchos
atletas se estimularan con la ingesta de alcohol o la inyección
de estricnina.
EL CICLISMO, EL MÁS PERSEGUIDO
Siempre ha sido el ciclismo uno de los deportes más controlados
en el sentido de la administración de sustancias prohibidas.
Antiguamente, los análisis se limitaban a la orina; paradójicamente,
fue la Asociación de Ciclistas profesionales la que solicitó
que dichos controles fueran practicados sobre la sangre de los deportistas,
como un medio de conocer y valorar su estado óptimo de salud.
Este tipo de análisis puede descubrir el consumo de sustancias
que, básicamente, son administradas para ayudar artificialmente
a la recuperación del organismo. La más usada es la
Eritropoyetina (la popular E.P.O.), que en realidad no es más
que un medicamento destinado a la creación artificial de
glóbulos rojos, lo que provoca una mejor oxigenación
de la sangre y, por tanto, mayor rendimiento y más pronta
recuperación. Dicho así, parecería que tal
compuesto químico resulta beneficioso, pero ¿cual
es el riesgo? Los glóbulos rojos, acumulados en exceso, densifican
la sangre, convirtiéndola en un fluido muy espeso que puede
provocar trombos con fatales consecuencias. Aunque la EPO no deja
rastros en el torrente sanguíneo, los ciclistas con porcentajes
de hematíes por encima de lo permitido son apartados de la
competición como medida para salvaguardar su salud. A pesar
de todo esto, la mayoría de los positivos por EPO son debidos
a fallos en el control médico del equipo infractor, ya que
existen sustancias que pueden hacer descender el porcentaje de glóbulos
rojos del 59 al 50 en pocos minutos. En todo caso, lo cierto es
que el dopaje suele ir por delante de los controles establecidos
en su contra: a menudo sucede que, cuando se descubren los medios
para identificar alguna sustancia no permitida, el pelotón
ya está usando otra más novedosa e indetectable. Las
trampas y añagazas de médicos poco escrupulosos son
el pan de cada día: sirva como ejemplo que, en el Tour de
2004, el Consejo de Prevención y Lucha contra el Dopaje francés
declaró que "en los 38 análisis hechos se encontraron
sustancias prohibídas y todos los corredores tenían
una justificación terapéutica para su consumo".
En total, hubo 79 corredores (casi la mitad de los participantes)
que presentaron justificantes médicos para no incurrir en
"doping". Otro caso tan curioso como sospechoso es que,
de repente, todos los ciclistas se declaren asmáticos y necesiten
usar el famoso "ventolín", que aumenta la capacidad
pulmonar. Algunos se pasaban horas con la mascarilla puesta, inhalando
el popular producto.
¿POR QUÉ SE DOPAN LOS CICLISTAS?
La respuesta es obvia: la presión social. Cada vez se exige
más al deportista, y el público no parece estar dispuesto
a esperar mucho para ver los resultados. La vida deportiva de un
ciclista es relativamente breve, y tanto patrocinadores como aficionados
demandan triunfos a corto plazo. Como consecuencia de todo esto,
el corredor pierde confianza en sus posibilidades y acepta la ayuda
de estimulantes como un medio de rendir más y más
pronto. A todo esto hay que añadir señuelos como la
fama y, sobre todo, el dinero. Las cifras que se manejan en la alta
competición son elevadas, y los "sponsors" por
un lado y los propios ciclistas por otro, quieren rentabilizar al
máximo su aportación al deporte. La influencia del
entorno del corredor (entrenadores, médicos, directivos,
empresarios...) es, asimismo, decisiva. La coacción que ejercen
sobre el deportista es muy grande y, finalmente, si el dopaje es
descubierto, es éste quien suele quedar como "el malo
de la película". También es de justicia reconocer
que la dureza de los recorridos, a menudo excesiva y solamente buscando
una mayor espectacularidad o dramatismo, coadyuva a que las drogas
sean un recurso harto frecuente en el sufrido pelotón.
EL AUTÉNTICO PELIGRO DEL DOPAJE
Evidentemente, todo aquel que se dopa incurre en un riesgo, pero
éste es mucho mayor fuera del profesionalismo. Los ciclistas
de élite son diariamente controlados por equipos médicos
profesionales y competentes, de manera que pocas veces se "pasan
de la raya" en lo que a su salud se refiere. El mayor problema
está en el ciclismo de base y aficionado, donde el consumo
de cócteles estimulantes crece cada día, y aunque
hay que decir que la posible influencia de estos preparados sobre
el rendimiento del consumidor es mínima o inexistente, la
euforia o autosugestión que provocan puede llevar al organismo
a un sobreesfuerzo más allá de sus límites
normales, con las consecuencias que ello acarrearía. Por
otro lado, la mayoría de las sustancias utilizadas por los
profesionales están destinadas a ayudar a resolver algún
déficit en su organismo y mejorar su rendimiento, mientras
que en el campo amateur se usan otras más baratas y fáciles
de conseguir, desconociéndose muy a menudo sus posibles efectos
adversos a corto o largo plazo: problemas coronarios, hepáticos
y hasta cáncer de estómago.
CONCLUSIONES
Aún contando con el atenuante de las presiones sobre él
ejercidas, el responsable final del dopaje es el propio deportista,
y de él depende que el deporte en general y el ciclismo en
particular represente una actividad saludable sin sobrepasar las
limitaciones físicas del propio cuerpo. El consumo de drogas
y sustancias artificiales destinadas a impostar unas cualidades
más allá de las capacidades naturales del corredor
representa, por lo pronto, una deslealtad y falta de respeto hacia
sus propios rivales, un embuste de cara a la galería y un
evidente peligro para su integridad física, aunque éste
no se manifieste de forma inmediata. El ser humano busca con denuedo
hacer honor a la secular leyenda olímpica: "más
alto, más rapido, más lejos...", pero cabe preguntarse
¿a cualquier precio?
MANIPULACIÓN GENÉTICA ¿EL DOPAJE DEL FUTURO?
La investigación en el terreno genético permite entrever
que éste será un terreno abonado para incrementar
artificiosamente las prestaciones del cuerpo humano en el deporte.
Los controles convencionales que hoy conocemos serán incapaces
de detectar este tipo de alteraciones, aunque cabe pensar que, paralelamente
al proceso investigador de la manipulación genética,
se desarrollen medios igualmente avanzados para detectarla. De todas
formas, esto no será algo totalmente nuevo: en el pasado,
y antes del "boom" de los compuestos sintéticos
destinados a tal fin, los médicos de algunos equipos ciclistas
solían concentrar a sus corredores en zonas de gran altura
durante el invierno, aumentado así de forma natural su nivel
de hematíes. Posteriormente, les extraían sangre y
la congelaban, inyectándosela durante la temporada cuando
las exigencias de la competición se endurecían. Como
se ve, una forma primitiva y un tanto rudimentaria de "intervención
genética".
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