La escena se repetía
con periodicidad matemática: un “ring, ring”
en la lejanía alertaba mis sentidos y los de Carrete, nuestro
perro- y, casi al unísono, ambos salíamos de estampida.
Para cuando alcanzábamos la calle, ya se veía en lontananza
la inequívoca figura del cartero, subido a su bicicleta negra.
Instantes después se detenía ante nuestra puerta,
hurgaba con parsimonia en su enorme cartera de cuero y, mientras
Carrete daba brincos alborozados a nuestro alrededor, me entregaba
la carta de mi padre, perdiéndose luego calleja abajo en
busca del siguiente destinatario. Cinco minutos más tarde,
la misiva del emigrante había sido ávidamente leída
por mi hermano Lucas y por mí, antes de que nuestra madre
la expusiera al calor de una vela para que, de entre las intrascendentes
y domésticas líneas que daban cuenta del diario devenir
de mi padre, allá por la lejana Suiza, surgieran como por
encanto los comprometidos renglones escritos con zumo de limón
que transmitían consignas, revelaban temores, desvelaban
secretos, establecían planes…
Pero
de todo esto nos enteraríamos mucho más tarde, ya
convertidos en hombres. En aquel entonces, todo lo atribuíamos
a conversaciones privadas entre mi madre y mi padre, cosas de adultos
que en nada nos competían; teníamos otros misterios
que desvelar.
Por ejemplo: ¿Cuán lejos quedaba Suiza? Porque si
el cartero, aún contando con su evidente fortaleza y reciedumbre,
podía ir hasta allí en bicicleta para recoger la carta
de nuestro padre y traérnosla de regreso, al menos una vez
a la semana, no debía estar muy distante de nuestro pueblo,
pero, en este supuesto, ¿por qué no venía padre
a casa de vez en cuando, al menos por las fiestas de la aldea? ¿Sería
que en Suiza no había bicicletas? Si yo hubiera tenido una,
habría ido a verle. Un guaje de nueve años necesita
un padre.
Había otro enigma: en los sellos que traían las cartas
ponía “Helvetia”; tal vez eso explicara por qué
mi padre no venía a vernos, porque no estaba en Suiza, sino
en ese otro lugar llamado Helvetia. Un buen día se lo pregunté
al cartero. El veterano funcionario sonrió, me dio un cariñoso
capón y dijo:
-Suiza y Helvetia son la misma cosa, rapaz. Es como Portugal y
Lusitania, que son también la misma tierra.
Me vino a la memoria la última lección de historia
recibida en la escuela: “Viriato era un pastor lusitano…”
O sea, que Viriato, paradigma de los héroes nacionales, salvador
de la patria, era un extranjero. El mundo de los mayores, decididamente,
estaba lleno de embustes y trapacerías, como lo de ponerle
dos nombres a la misma cosa para enredar y confundir a la gente.
A lomos de su sólida bicicleta, encenagándose en
el barro en los días de lluvia, levantando nubecillas de
polvo ocre a su paso en las mañanas soleadas, arrostrando
bochornos y tempestades, cierzos y calimas, el mensajero siguió
trayéndonos noticias de mi padre durante mucho tiempo. Finalmente,
una aciaga mañana, un desconocido y desconcertante rumor
nos sorprendió a Carrete y a mí cuando trasteábamos
en el portalón de la casa. Llegamos a la calle justo cuando
un desconocido cartero, pilotando un reluciente Vespino granate,
pasaba como una exhalación frente a nuestra casa sin detenerse.
Nunca más volvimos a recibir cartas de padre; el nuevo mensajero,
sin duda, no tenía ni idea de por dónde caía
Helvetia. Luego nos enteramos de que el veterano cartero de la bici
negra se había jubilado.
Nos dijeron que mi padre había muerto; yo me negué
en redondo a creerlo, inculpando siempre de la falta de correspondencia
al advenedizo funcionario del Vespino . Aquel ciclomotor que transitaba
raudo por las calles del pueblo, alborotando a las gallinas que
picoteaban plácidamente aquí y allá, no enlazaba
con Suiza. Con la primera pensión que recibió mi madre,
en francos suizos, nos compró una bicicleta. Una para los
dos hermanos, claro está; en aquellos tiempos, a pesar de
la renovación del parque móvil del servicio de Correos,
no estábamos en este país para muchos dispendios.
Carlos García Valverde
Socio del C.C.L.
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