» La biela y la pluma - Relatos Ciclistas (4)
CARTA DE HELVETIA

La escena se repetía con periodicidad matemática: un “ring, ring” en la lejanía alertaba mis sentidos y los de Carrete, nuestro perro- y, casi al unísono, ambos salíamos de estampida. Para cuando alcanzábamos la calle, ya se veía en lontananza la inequívoca figura del cartero, subido a su bicicleta negra. Instantes después se detenía ante nuestra puerta, hurgaba con parsimonia en su enorme cartera de cuero y, mientras Carrete daba brincos alborozados a nuestro alrededor, me entregaba la carta de mi padre, perdiéndose luego calleja abajo en busca del siguiente destinatario. Cinco minutos más tarde, la misiva del emigrante había sido ávidamente leída por mi hermano Lucas y por mí, antes de que nuestra madre la expusiera al calor de una vela para que, de entre las intrascendentes y domésticas líneas que daban cuenta del diario devenir de mi padre, allá por la lejana Suiza, surgieran como por encanto los comprometidos renglones escritos con zumo de limón que transmitían consignas, revelaban temores, desvelaban secretos, establecían planes…

Pero de todo esto nos enteraríamos mucho más tarde, ya convertidos en hombres. En aquel entonces, todo lo atribuíamos a conversaciones privadas entre mi madre y mi padre, cosas de adultos que en nada nos competían; teníamos otros misterios que desvelar.

Por ejemplo: ¿Cuán lejos quedaba Suiza? Porque si el cartero, aún contando con su evidente fortaleza y reciedumbre, podía ir hasta allí en bicicleta para recoger la carta de nuestro padre y traérnosla de regreso, al menos una vez a la semana, no debía estar muy distante de nuestro pueblo, pero, en este supuesto, ¿por qué no venía padre a casa de vez en cuando, al menos por las fiestas de la aldea? ¿Sería que en Suiza no había bicicletas? Si yo hubiera tenido una, habría ido a verle. Un guaje de nueve años necesita un padre.

Había otro enigma: en los sellos que traían las cartas ponía “Helvetia”; tal vez eso explicara por qué mi padre no venía a vernos, porque no estaba en Suiza, sino en ese otro lugar llamado Helvetia. Un buen día se lo pregunté al cartero. El veterano funcionario sonrió, me dio un cariñoso capón y dijo:

-Suiza y Helvetia son la misma cosa, rapaz. Es como Portugal y Lusitania, que son también la misma tierra.

Me vino a la memoria la última lección de historia recibida en la escuela: “Viriato era un pastor lusitano…” O sea, que Viriato, paradigma de los héroes nacionales, salvador de la patria, era un extranjero. El mundo de los mayores, decididamente, estaba lleno de embustes y trapacerías, como lo de ponerle dos nombres a la misma cosa para enredar y confundir a la gente.

A lomos de su sólida bicicleta, encenagándose en el barro en los días de lluvia, levantando nubecillas de polvo ocre a su paso en las mañanas soleadas, arrostrando bochornos y tempestades, cierzos y calimas, el mensajero siguió trayéndonos noticias de mi padre durante mucho tiempo. Finalmente, una aciaga mañana, un desconocido y desconcertante rumor nos sorprendió a Carrete y a mí cuando trasteábamos en el portalón de la casa. Llegamos a la calle justo cuando un desconocido cartero, pilotando un reluciente Vespino granate, pasaba como una exhalación frente a nuestra casa sin detenerse. Nunca más volvimos a recibir cartas de padre; el nuevo mensajero, sin duda, no tenía ni idea de por dónde caía Helvetia. Luego nos enteramos de que el veterano cartero de la bici negra se había jubilado.

Nos dijeron que mi padre había muerto; yo me negué en redondo a creerlo, inculpando siempre de la falta de correspondencia al advenedizo funcionario del Vespino . Aquel ciclomotor que transitaba raudo por las calles del pueblo, alborotando a las gallinas que picoteaban plácidamente aquí y allá, no enlazaba con Suiza. Con la primera pensión que recibió mi madre, en francos suizos, nos compró una bicicleta. Una para los dos hermanos, claro está; en aquellos tiempos, a pesar de la renovación del parque móvil del servicio de Correos, no estábamos en este país para muchos dispendios.

Carlos García Valverde
Socio del C.C.L.

 

 

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