El dueño de la
tienda de bicicletas consultó su reloj de pulsera, cotejó
la hora con el carillón en forma de catalina que pendía
de la pared y, a la vista de que ya ningún cliente curioseaba
por entre los caballetes que mostraban las relucientes máquinas,
decidió que ya era el momento de cerrar el establecimiento.
Apagó las luces, corrió la cancela de la entrada y,
dando por finalizada la jornada, se dirigió a su casa.
Amparadas en la penumbra del local, sólo iluminado de forma
tenue por los neones del rótulo comercial cuyo intermitente
brillo se colaba por entre las rendijas de la persiana metálica
del escaparate, las bicicletas comenzaron, como cada noche a desperezarse,
abandonando paulatinamente la inmovilidad que habían mantenido
durante las horas de comercio. Los primeros en despertar del ocasional
letargo fueron los traviesos triciclos y las pequeñas bicis
con patines, deseosos como estaban de comenzar sus juegos nocturnos.
El resto de velocípedos les dejaba corretear a sus anchas,
teniendo en cuenta de forma benevolente su inquieto y aventurero
carácter infantil. Mientras tanto, en una esquina del negocio,
las bicicletas de paseo charlaban sosegadamente, comentando lo acontecido
durante la jornada.
-Aquel jubilado de las seis y media te miraba con ojos golositos
le dijo una bicicleta verde botella a su vecina azul cobalto-. No
me extrañaría que mañana o pasado viniera a
buscarte.
-Pues,
chica, qué quieres que te diga -respondió la aludida-,
no creas que me desagrada la idea; así llevaría una
vida tranquila.
Una vida tranquila era lo último que esperaban las robustas
bicicletas de montaña, situadas en el centro del local. Su
talante dinámico y deportivo las hacía anhelar briosos
jinetes dispuestos a poner a prueba su resistencia y manejabilidad.
-¿Os habéis fijado en la nueva? -Susurró una
todoterreno de 27 velocidades a sus compañeras, aludiendo
a una recién llegada-. ¡Qué cuerpazo, todo de
carbono y titanio, con suspensión de aceite y frenos de disco
en las dos ruedas! Con esa equipación, seguro que pilla un
usuario experimentado y capaz.
-¡Bah! -replicó otra, con un poquitín de envidia-.
Con ese precio, lo más probable es que se tire una buena
temporada en el escaparate sin hacer nada y que, al final, acabe
siendo liquidada por fin de temporada.
-Sea como sea -argumentó una tercera-, habrá tenido
su época de gloria; no como yo, que llevo aquí seis
meses y no he visto el escaparate más que de lejos.
Ajenas a las diatribas de las "mountain bikes", las esbeltas
bicicletas de carretera charlaban animadamente en su parcela. La
voz cantante la llevaba una vieja máquina blanca, cuyos relatos
de antiguas correrías, competiciones añejas y glorias
pasadas eran escuchados con admiración por el resto de velocípedos.
Su anacrónica apariencia, con los cables de freno al aire
y tan sólo seis piñones, contrastaba notablemente
con la de sus bisoñas compañeras; había recalado
allí de forma un tanto casual, mediante un trueque que el
dueño de la tienda aceptó en su día como parte
del precio de una bici nueva, y lo cierto es que el hombre no sabía
muy bien qué hacer con ella. Mientras tanto, la veterana
disfrutaba exagerando sus gestas ante las novatas y asombrándolas
con sus historias del mundo exterior. La única que permanecía
un tanto escéptica era una unidad de aluminio que, un poco
más allá, en el rincón destinado a taller,
permanecía en espera de que una de sus ruedas fuera reparada.
Inmovilizada ocasionalmente por su temporal mutilación, no
tenía más remedio que aguantar las batallitas de su
dicharachera vecina y, aunque ella no había recorrido tanto
mundo como la vetusta montura blanca, había visto lo suficiente
para saber que casi todas las bicicletas -como las cañas
de pescar y las escopetas- eran unas grandes mentirosas.
Los alegres comentarios de unas y otras eran escuchados con tristeza
por un par de estáticas que, a un lado de la puerta de entrada,
asumían en silencio que su triste destino sería no
disfrutar nunca del vértigo de la velocidad ni de la suave
caricia del viento. Condenadas a pedalear sin ir a parte alguna,
sabían que, a diferencia del resto de máquinas, su
sino sería, en el mejor de los casos, cambiar un techo por
otro, sin posibilidad de atisbar el exterior, lo cual no dejaba
de sumirles en una profunda depresión.
Un poco más al fondo de la tienda, en una sección
especializada, convivían los más extravagantes ejemplares:
un largo tándem -al que el resto de inquilinas conocían
como "los siameses"-, un monociclo, un triciclo de reparto
y un par de pequeñas máquinas plegables que permanecían,
cual contorsionistas, dobladas de forma inverosímil en incómodas
posturas fetales. También estos extraños velocípedos
charlaban en animada tertulia. Se sabían de una clase especial
y esto, lejos de encuadrarles en la marginalidad, les hacía
sentirse diferentes y exclusivos, un tanto ajenos a polémicas
provincianas y discusiones absurdas como la que mantenían
las bicis de carretera y las de montaña: aquéllas
solían aludir a las "BTT" como "esas pesadas
gordinflonas", mientras que las robustas "off road"
tildaban a las primeras de "flacas, finolis y vanidosas".
Solían mediar en tan peregrinas discusiones las híbridas,
aludiendo sensatamente a las virtudes de unas y otras, pero ambos
grupos litigantes eran un tanto radicales y el entendimiento mutuo
parecía poco menos que imposible.
Entre unas cosas y otras, la noche iba apurando sus últimos
brochazos de oscuridad. Al cabo, un tempranero rayo de sol se filtró
por entre la persiana y, a su señal, las bicicletas adultas
conminaron a los pequeños biciclos y triciclos infantiles
a que cesaran en sus correrías y todos asumieron de nuevo
el estatismo diurno. No mucho más tarde, el propietario del
establecimiento abría las puertas, dispuesto a otorgar de
nuevo a sus bicicletas la oportunidad de cumplir su destino. Como
todos los días.
Carlos García Valverde
Socio del C.C.L.
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