» La biela y la pluma - Relatos Ciclistas (2)
LAS BICICLETAS TAMBIÉN SON PARA EL OTOÑO

I
La primera bicicleta que tuve en mi vida era de cuarta o quinta mano y me costó -lo recuerdo perfectamente- quinientas pesetas; quinientas trabajadas pesetas, ahorradas una a una desde tiempo inmemorial, recortadas de la propina semanal, del aguinaldo navideño de la abuela; quinientas manoseadas monedas hurtadas al cine de los domingos, a los tiovivos verbeneros, a los kioscos, desviadas, en suma, de los asuetos que, sin ellas, nunca tuve, pero a mí no me importaba o, mejor dicho, me importaba menos que la circunstancia de ser un vulgar peatón mientras el grueso de mis amigos y compañeros de clase se pavoneaba orgullosamente en sus brillantes cabalgaduras. Al cabo, arrostrando la sempiterna oposición de mi madre, permanente augur de los peligrosos percances que mi ansiado corcel me acarrearía, y con mis quinientas pesetas en el bolsillo, me presenté en el taller de bicicletas del barrio. Al verme entrar en el establecimiento, el señor Vélez, dueño del negocio y único operario del mismo, me miró por encima de sus lentes. Como en un ritual, deposité mi dinero encima del ennegrecido mostrador de madera, indicando con un movimiento de cabeza hacia un oscuro rincón del fondo del local. El veterano mecánico repitió mi ademán, enarcando las cejas en señal de interrogación; después miró alternativamente las monedas del mostrador y el gesto de sólida decisión que, sin duda, campeaba en mi rostro y, finalmente, limpiándose las manos a su mandil de cuero, se dirigió con paso cansino hacia la parte trasera. Sabía muy bien lo que yo quería; mis visitas a aquella especie de santuario habían sido harto frecuentes en los últimos tiempos. "Cuando tengas quinientas pesetas, tendrás bici", solía decirme Vélez, así que aquí estaban mis cien duros y aquello chirriante y ruinoso que ahora emergía de la penumbra trasera, de la mano del viejo artesano, debía ser mi velocípedo. Con el corazón galopando en mi pecho a causa de la emoción, agarré el manillar del desvencijado vehículo y, sin cruzar palabra con Vélez me dirigí a la salida.
-Espera un momento- dijo el mecánico-; necesitarás esto.
Arrojó sobre la encimera negruzca una pequeña cajita de hojalata con parches y disolución y, girando sobre sus talones, se encaró de nuevo con la rueda a medio desmontar que le esperaba en su banco de faena. Sin abandonar mi mutismo, atrapé la brillante caja metálica y, con mi Rocinante de la brida, salí triunfante del taller.
Una vez en la calle, apoyé uno de los pedales en el bordillo de la acera y retrocedí un par de pasos para contemplar mi adquisición. El panorama que se ofreció a mis ojos, bajo el cálido sol del atardecer, no podía ser más lamentable. El antiguo dibujo del caucho apenas se insinuaba ya sobre las desgastadas cubiertas, montadas ambas sobre unas ruedas en las que la deserción de buena parte de los radios comenzaba a ser de todo punto alarmante, en orden a la posible resistencia de las mismas. Ni que decir tiene que guardabarros, cubrecadena, timbre, portabultos y cualquier otro adminículo no destinado expresamente a la motricidad, brillaban por su ausencia. Todo el oropel de mi nueva montura se reducía a un foco abollado y roto que, quizá avergonzado por lo inútil de su presencia al frente del manillar, permanecía cabizbajo, ocultando la vacuidad de su otrora brillante parábola. Aunque al menos los herrajes del freno delantero seguían en su sitio, lo desgastado de las zapatas hacía baldía su participación en la dinámica general del vehículo. La pintura blanca del cuadro presentaba un sinnúmero de ralladuras, viejas como cicatrices, que dejaban ocasionalmente al descubierto al menos un par de tonalidades de anteriores esmaltes. De todas formas, la desalentadora visión del desastrado biciclo no consiguió socavar mi ánimo lo más mínimo: había hecho un largo y duro camino para llegar a aquello, así que, cumpliendo con el compromiso adquirido con mi madre, que imponía, en principio, mi ausencia de las peligrosas calzadas, abordé mi vehículo y me dirigí a las cercanas praderías.
Nunca olvidaré aquella tarde de primavera, el viento en la cara, la dureza del recio sillín de cuero agrietado, la friúra del manillar, desprovisto de empuñaduras, la sinfonía de decenas de ruiditos, chirridos y cancaneos que la vieja bicicleta dejaba escapar como lamentos a través de todas las holguras y desajustes que jalonaban su añeja mecánica. Imposible calcular los kilómetros que recorrí aquel mágico día por las explanadas, los senderos, los húmedos prados, sorteando matojos y pedruscos, salvando regatos, coronando cotarros y lomas, emborrachado de libertad hasta que, a la anochecida, exhausto pero radiante, acomodé finalmente mi velocípedo en el patio de vecindad, bajo un pequeño tendejón de uralita donde otros inquilinos almacenaban viejos somieres, muebles cojitrancos desterrados de sus viviendas y otros objetos de dudosa recuperación. Aquel sitio, al alcance de la vista desde mi ventana, sería en adelante su lugar de reposo.

II
A partir de aquella jornada, en los siguientes tres o cuatro años, llegué a establecer con mi bicicleta, cual experto jinete con su caballo, una tan perfecta simbiosis, un grado tal de compenetración, que casi me resultaba difícil mantener el equilibrio sobre otra montura que no fuera la mía, en las escasas ocasiones en que, cumpliendo con una suerte de rito en señal extrema de amistad, muy arraigado en las costumbres de la chavalería del arrabal, intercambiaba temporalmente mi cabalgadura con la de algún camarada. Convertido en un auténtico centauro, era verdaderamente raro encontrarme pie a tierra y, cuando ello sucedía, no podía evitar sentirme como cojo o desnudo. Con maña y habilidad adquiridas en largos y densos días de pedaleo, llegué a suplir todas las carencias que el viejo velocípedo presentaba: frenaba precisa y diestramente con la suela de mi zapatilla, introduciéndola con habilidad tras la catalina, entra la horquilla y la cubierta traseras, dosificando con pericia la presión del pie de acuerdo a las necesidades de la frenada; a falta de timbre, aprendí a silbar entre dientes con tal estrépito que ni el claxon de un seis ejes hubiera podido causar más sobresalto a cuantos mortales osaban cruzar temeraria e imprudentemente ante mi rueda; el bailoteo de las bielas no consiguió nunca que mis pies resbalaran de los pedales ni en los sprints mas veloces; aprendí a transportar cómodamente sobre la barra cualquier bulto, por voluminoso o pesado que resultase; llegué incluso a conseguir reintegrar la cadena a su sitio sin bajar de la bilcicleta, cada vez que aquella se obstinaba en abandonar la disciplina lineal de la catalina y el piñón. Ni siquiera la prohibición, por parte de mi madre, de callejear en los días de lluvia conseguía apartarme de mi querida compañera, que se convertía en tales fechas en mi particular Clavileño, sumidos ambos durante horas en fantásticos viajes imaginados sin abandonar el amparo del tejadillo de uralita del patio. La entrañable máquina fue, en suma, testigo insustituíble de todas mis correrías infantiles, mis excursiones al río, mis idas y venidas del colegio, mis días de novillos. Ella sintió sobre su barra el dulce peso de mi primera medio novia y lloró conmigo la prematura y dolorosa muerte de mi madre. Poco a poco, con el paso del tiempo, las fuí olvidando a las tres.


III
Años más tarde, derribaron el inmueble donde había transcurrido mi infancia. Unos días después, movido por un oscuro e inconfesable sentimiento de culpa, me acerqué por allí a curiosear. Los restos de mi olvidada bicicleta yacerían ya, sin duda, en cualquier escombrera, bajo los cascotes de lo que había sido mi hogar, pero entre las pocas ruinas que aún recordaban la antigua presencia del edificio me topé de pronto, semioculto entre los restos astillados de un par de vigas y algunos trozos grisáceos de uralita, con el torturado faro de la máquina, que me miró, suplicante y recriminante a la vez, desde el fondo de su agujero carente de bombilla. Recordé entonces las numerosas ocasiones en que me había propuesto firmemente el rescate de mi Rocinante, el remozado de su abatido esqueleto de metal oxidado; me había prometido a mí mismo que mandaría cromar las llantas, el manillar y las bielas, sustituiría las piezas defectuosas o rotas, decaparía todas las anárquicas manos de añeja pintura... Nunca encontré, sin embargo, el momento idóneo para llevar a cabo todos esos planes; quizá porque no me lo propuse realmente o porque la vida, a veces, te empuja por otros derroteros, establece otras prioridades, provoca renuncias que poco tiempo antes parecían insoslayables. Y allí estaba el maltrecho foco, mirándome reprobatorio desde su ciega e inútil concavidad, así que, en un intento tal vez un punto ridículo de redimir mi flaqueza, aparté los escombros, recogí el fanal y, como si hubiera encontrado un fetiche o un mágico amuleto, me lo llevé a casa.
IV
El médico me ha dicho que necesito hacer ejercicio, que tengo que fortalecer el músculo cardiaco y bajar mi nivel de colesterol y me ha recomendado andar en bicicleta. La máquina que me he comprado es de aluminio anodizado, con componentes de titanio, carbono y no sé qué más extravagantes materiales de la era espacial, tiene veintinosecuantas velocidades y parece una verbena de pegatinas fluorescentes, colores chillones y accesorios refractantes de toda índole; más que una bicicleta, semeja una tómbola. Me costó, por supuesto, mucho más dinero y mucho menos esfuerzo que aquella de mi ya lejana infancia. El primer día que acumulé el suficiente arrojo para salir a la carretera con ella, acabé extenuado, tras sólo ocho o diez kilómetros de recorrido. Desde entonces, ando en la tarea de acomodar mis cansados músculos a la rutina fascinante del pedaleo. Pero no puedo menos que reconocer que nunca, nunca tendré una bicicleta mejor que aquel desastroso velocípedo de mi infancia que me inició en la fantástica aventura que comienza cuando, dejando atrás los problemas cotidianos, la lámina de asfalto gris se abre, como un signo inequívoco de libertad, ante la rueda delantera de nuestra bicicleta.


Carlos García Valverde

 

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