| LAS BICICLETAS
TAMBIÉN SON PARA EL OTOÑO |
I
La primera bicicleta que tuve en mi vida era de cuarta o quinta
mano y me costó -lo recuerdo perfectamente- quinientas pesetas;
quinientas trabajadas pesetas, ahorradas una a una desde tiempo
inmemorial, recortadas de la propina semanal, del aguinaldo navideño
de la abuela; quinientas manoseadas monedas hurtadas al cine de
los domingos, a los tiovivos verbeneros, a los kioscos, desviadas,
en suma, de los asuetos que, sin ellas, nunca tuve, pero a mí
no me importaba o, mejor dicho, me importaba menos que la circunstancia
de ser un vulgar peatón mientras el grueso de mis amigos
y compañeros de clase se pavoneaba orgullosamente en sus
brillantes cabalgaduras. Al cabo, arrostrando la sempiterna oposición
de mi madre, permanente augur de los peligrosos percances que mi
ansiado corcel me acarrearía, y con mis quinientas pesetas
en el bolsillo, me presenté en el taller de bicicletas del
barrio. Al verme entrar en el establecimiento, el señor Vélez,
dueño del negocio y único operario del mismo, me miró
por encima de sus lentes. Como en un ritual, deposité mi
dinero encima del ennegrecido mostrador de madera, indicando con
un movimiento de cabeza hacia un oscuro rincón del fondo
del local. El veterano mecánico repitió mi ademán,
enarcando las cejas en señal de interrogación; después
miró alternativamente las monedas del mostrador y el gesto
de sólida decisión que, sin duda, campeaba en mi rostro
y, finalmente, limpiándose las manos a su mandil de cuero,
se dirigió con paso cansino hacia la parte trasera. Sabía
muy bien lo que yo quería; mis visitas a aquella especie
de santuario habían sido harto frecuentes en los últimos
tiempos. "Cuando tengas quinientas pesetas, tendrás
bici", solía decirme Vélez, así que aquí
estaban mis cien duros y aquello chirriante y ruinoso que ahora
emergía de la penumbra trasera, de la mano del viejo artesano,
debía ser mi velocípedo. Con el corazón galopando
en mi pecho a causa de la emoción, agarré el manillar
del desvencijado vehículo y, sin cruzar palabra con Vélez
me dirigí a la salida.
-Espera un momento- dijo el mecánico-; necesitarás
esto.
Arrojó sobre la encimera negruzca una pequeña cajita
de hojalata con parches y disolución y, girando sobre sus
talones, se encaró de nuevo con la rueda a medio desmontar
que le esperaba en su banco de faena. Sin abandonar mi mutismo,
atrapé la brillante caja metálica y, con mi Rocinante
de la brida, salí triunfante del taller.
Una vez en la calle, apoyé uno de los pedales en el bordillo
de la acera y retrocedí un par de pasos para contemplar mi
adquisición. El panorama que se ofreció a mis ojos,
bajo el cálido sol del atardecer, no podía ser más
lamentable. El antiguo dibujo del caucho apenas se insinuaba ya
sobre las desgastadas cubiertas, montadas ambas sobre unas ruedas
en las que la deserción de buena parte de los radios comenzaba
a ser de todo punto alarmante, en orden a la posible resistencia
de las mismas. Ni que decir tiene que guardabarros, cubrecadena,
timbre, portabultos y cualquier otro adminículo no destinado
expresamente a la motricidad, brillaban por su ausencia. Todo el
oropel de mi nueva montura se reducía a un foco abollado
y roto que, quizá avergonzado por lo inútil de su
presencia al frente del manillar, permanecía cabizbajo, ocultando
la vacuidad de su otrora brillante parábola. Aunque al menos
los herrajes del freno delantero seguían en su sitio, lo
desgastado de las zapatas hacía baldía su participación
en la dinámica general del vehículo. La pintura blanca
del cuadro presentaba un sinnúmero de ralladuras, viejas
como cicatrices, que dejaban ocasionalmente al descubierto al menos
un par de tonalidades de anteriores esmaltes. De todas formas, la
desalentadora visión del desastrado biciclo no consiguió
socavar mi ánimo lo más mínimo: había
hecho un largo y duro camino para llegar a aquello, así que,
cumpliendo con el compromiso adquirido con mi madre, que imponía,
en principio, mi ausencia de las peligrosas calzadas, abordé
mi vehículo y me dirigí a las cercanas praderías.
Nunca olvidaré aquella tarde de primavera, el viento en la
cara, la dureza del recio sillín de cuero agrietado, la friúra
del manillar, desprovisto de empuñaduras, la sinfonía
de decenas de ruiditos, chirridos y cancaneos que la vieja bicicleta
dejaba escapar como lamentos a través de todas las holguras
y desajustes que jalonaban su añeja mecánica. Imposible
calcular los kilómetros que recorrí aquel mágico
día por las explanadas, los senderos, los húmedos
prados, sorteando matojos y pedruscos, salvando regatos, coronando
cotarros y lomas, emborrachado de libertad hasta que, a la anochecida,
exhausto pero radiante, acomodé finalmente mi velocípedo
en el patio de vecindad, bajo un pequeño tendejón
de uralita donde otros inquilinos almacenaban viejos somieres, muebles
cojitrancos desterrados de sus viviendas y otros objetos de dudosa
recuperación. Aquel sitio, al alcance de la vista desde mi
ventana, sería en adelante su lugar de reposo.
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| II
A partir de aquella jornada, en los siguientes tres o cuatro años,
llegué a establecer con mi bicicleta, cual experto jinete
con su caballo, una tan perfecta simbiosis, un grado tal de compenetración,
que casi me resultaba difícil mantener el equilibrio sobre
otra montura que no fuera la mía, en las escasas ocasiones
en que, cumpliendo con una suerte de rito en señal extrema
de amistad, muy arraigado en las costumbres de la chavalería
del arrabal, intercambiaba temporalmente mi cabalgadura con la de
algún camarada. Convertido en un auténtico centauro,
era verdaderamente raro encontrarme pie a tierra y, cuando ello
sucedía, no podía evitar sentirme como cojo o desnudo.
Con maña y habilidad adquiridas en largos y densos días
de pedaleo, llegué a suplir todas las carencias que el viejo
velocípedo presentaba: frenaba precisa y diestramente con
la suela de mi zapatilla, introduciéndola con habilidad tras
la catalina, entra la horquilla y la cubierta traseras, dosificando
con pericia la presión del pie de acuerdo a las necesidades
de la frenada; a falta de timbre, aprendí a silbar entre
dientes con tal estrépito que ni el claxon de un seis ejes
hubiera podido causar más sobresalto a cuantos mortales osaban
cruzar temeraria e imprudentemente ante mi rueda; el bailoteo de
las bielas no consiguió nunca que mis pies resbalaran de
los pedales ni en los sprints mas veloces; aprendí a transportar
cómodamente sobre la barra cualquier bulto, por voluminoso
o pesado que resultase; llegué incluso a conseguir reintegrar
la cadena a su sitio sin bajar de la bilcicleta, cada vez que aquella
se obstinaba en abandonar la disciplina lineal de la catalina y
el piñón. Ni siquiera la prohibición, por parte
de mi madre, de callejear en los días de lluvia conseguía
apartarme de mi querida compañera, que se convertía
en tales fechas en mi particular Clavileño, sumidos ambos
durante horas en fantásticos viajes imaginados sin abandonar
el amparo del tejadillo de uralita del patio. La entrañable
máquina fue, en suma, testigo insustituíble de todas
mis correrías infantiles, mis excursiones al río,
mis idas y venidas del colegio, mis días de novillos. Ella
sintió sobre su barra el dulce peso de mi primera medio novia
y lloró conmigo la prematura y dolorosa muerte de mi madre.
Poco a poco, con el paso del tiempo, las fuí olvidando a
las tres. |
III
Años más tarde, derribaron el inmueble donde había
transcurrido mi infancia. Unos días después, movido
por un oscuro e inconfesable sentimiento de culpa, me acerqué
por allí a curiosear. Los restos de mi olvidada bicicleta
yacerían ya, sin duda, en cualquier escombrera, bajo los
cascotes de lo que había sido mi hogar, pero entre las pocas
ruinas que aún recordaban la antigua presencia del edificio
me topé de pronto, semioculto entre los restos astillados
de un par de vigas y algunos trozos grisáceos de uralita,
con el torturado faro de la máquina, que me miró,
suplicante y recriminante a la vez, desde el fondo de su agujero
carente de bombilla. Recordé entonces las numerosas ocasiones
en que me había propuesto firmemente el rescate de mi Rocinante,
el remozado de su abatido esqueleto de metal oxidado; me había
prometido a mí mismo que mandaría cromar las llantas,
el manillar y las bielas, sustituiría las piezas defectuosas
o rotas, decaparía todas las anárquicas manos de añeja
pintura... Nunca encontré, sin embargo, el momento idóneo
para llevar a cabo todos esos planes; quizá porque no me
lo propuse realmente o porque la vida, a veces, te empuja por otros
derroteros, establece otras prioridades, provoca renuncias que poco
tiempo antes parecían insoslayables. Y allí estaba
el maltrecho foco, mirándome reprobatorio desde su ciega
e inútil concavidad, así que, en un intento tal vez
un punto ridículo de redimir mi flaqueza, aparté los
escombros, recogí el fanal y, como si hubiera encontrado
un fetiche o un mágico amuleto, me lo llevé a casa.
IV
El médico me ha dicho que necesito hacer ejercicio, que tengo
que fortalecer el músculo cardiaco y bajar mi nivel de colesterol
y me ha recomendado andar en bicicleta. La máquina que me
he comprado es de aluminio anodizado, con componentes de titanio,
carbono y no sé qué más extravagantes materiales
de la era espacial, tiene veintinosecuantas velocidades y parece
una verbena de pegatinas fluorescentes, colores chillones y accesorios
refractantes de toda índole; más que una bicicleta,
semeja una tómbola. Me costó, por supuesto, mucho
más dinero y mucho menos esfuerzo que aquella de mi ya lejana
infancia. El primer día que acumulé el suficiente
arrojo para salir a la carretera con ella, acabé extenuado,
tras sólo ocho o diez kilómetros de recorrido. Desde
entonces, ando en la tarea de acomodar mis cansados músculos
a la rutina fascinante del pedaleo. Pero no puedo menos que reconocer
que nunca, nunca tendré una bicicleta mejor que aquel desastroso
velocípedo de mi infancia que me inició en la fantástica
aventura que comienza cuando, dejando atrás los problemas
cotidianos, la lámina de asfalto gris se abre, como un signo
inequívoco de libertad, ante la rueda delantera de nuestra
bicicleta.
Carlos García Valverde
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