| EL
TÁNDEM |
| Tancredo
y Demetrio eran, desde siempre, grandes aficionados a la bicicleta.
Eso parecía, a simple vista, su más fuerte nexo de
unión y, ciertamente, era uno de los lazos más evidentes
de los que conformaban su proverbial amistad, pero no constituía
su único vínculo: Tancredo y Demetrio habían
nacido en el mismo barrio, se conocían, por tanto, desde
su más tierna infancia, y juntos habían dado, asimismo,
las primeras pedaladas cuando ambos no levantaban aún un
par de palmos del suelo, metiendo arriesgadamente sus piernecitas
bajo la barra de las enormes y pesadotas bicicletas de sus respectivos
progenitores a fin de alcanzar los pedales. Porque, en aquellas
lejanas calendas, tener bici propia era todo un lujo, y disponer
de más de una por familia -generalmente, la del cabeza de
la misma- rayaba con la exhuberancia. Así que, decimos, Tancredo
y Demetrio medraron al unísono, juntos y, a veces, hasta
revueltos, pero siempre haciendo gala de su camaradería y
de un afecto recíproco que iba más allá de
lo corriente. Asistieron, como no podía ser de otra manera,
al mismo colegio, y juntos comenzaron a trabajar en la misma fábrica,
no más tuvieron edad para ello, toda vez que sus respectivas
y humildes familias se vieron incapaces de prolongar su formación
académica y costearles estudio alguno que quizá hubiese
despejado un poco más su porvenir. Su afición al deporte
del pedal fue creciendo con ellos, de manera que no desaprovechaban
la menor recesión en sus obligatorias tareas para -siempre
juntos- echarse a la carretera a beber los vientos a horcajadas
de sus metálicos babiecas. Buena parte de sus exiguos sueldos
iba a parar, a menudo, a la renovación y mejora del material
rodante, así que, andando el tiempo, decidieron -también
juntos en esto- dar un paso más y enrolarse en un club ciclista
que les proporcionó marco y soporte para federarse y medir
sus fuerzas con otros aficionados en pruebas y competiciones del
calendario comarcal y local. Lo cierto es que no despuntaron mucho:
facultades no les faltaban, pero resultaba un tanto extraño
a ojos de sus compañeros que cuando, en el transcurso de
una carrera, uno de los dos lograba destacarse, misteriosamente
le sobreviniera una suerte de bajón o "pájara"
de forma que, a la postre, ambos amigos volvían a juntarse
y cruzaban al alimón la línea de llegada. Tan indisoluble
sociedad no tardó en hacerse popular entre los miembros del
club, de modo que Tancredo y Demetrio fueron pronto conocidos como
"el Tándem", en un juego de palabras formado con
las primeras letras de ambos nombres y cuyo significado final hacía
sin duda justicia a su fuerte unión. Con el servicio militar
en el horizonte, los dos amigos se alistaron voluntariamente con
la finalidad de eludir el obligado sorteo de destinos que, a no
dudar, les hubiera alejado uno del otro: así pues, pasaron
juntos su etapa castrense y, a la conclusión de la misma,
se reintegraron a sus obligaciones y, cómo no, a sus devociones
ciclistas.
Un par de años más tarde, Tancredo se casó
y formó una familia. Hora es ya de decir que tal circunstancia
dio al traste con los malintencionados comentarios que de vez en
vez circulaban entre el pelotón y que ponían en duda
la orientación sexual de los dos miembros del "Tándem",
toda vez que la amistad a ultranza de los dos ciclistas y la ausencia
de toda veleidad -al menos, conocida- con el sexo femenino habían
dado pábulo a semejantes cábalas. El caso es que Demetrio,
siguiendo con la costumbre, no tardó en secundar a su alma
gemela y se las arregló para contraer matrimonio no mucho
más tarde. Ni que decir tiene que el cambio de estado civil
no afectó en absoluto a su mutua lealtad; antes bien, ésta
quedó aún más reforzada cuando, tras el nacimiento
de sus respectivos primogénitos casi al unísono -día
y medio se llevaron los neonatos-, ambos amigos se convirtieron
en compadres, al apadrinar cada uno el retoño (el "ciclistina",
decían ellos) del otro.
Así fue transcurriendo, lenta y gratificante, la vida de
los inseparables amigos. Con el tiempo, el aspecto competitivo de
su pasional afición por la bicicleta fue cediendo paso a
un talante más contemplativo, más relajado. Superada
la cincuentena de años, el modo de enfocar su relación
con el mundo de las dos ruedas fue variando -podría decirse
que se fue "dulcificando"- hasta poner más de relieve
la faceta lúdica del ejercicio que su vertiente deportiva.
En verdad disfrutaban más que nunca de sus salidas semanales
a lomos de sus máquinas; las travesías eran aprovechadas
para la conversación distendida, el comentario jocoso, el
amigable chascarrillo...
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Una dominical mañana
de Octubre, Demetrio se dirigió, como de costumbre, a buscar
a Tancredo a su casa, con el fin de acudir a su cita semanal con
la ruta. Encontró a su compadre postrado a causa de un tan
repentino como inusual -ambos amigos disfrutaron siempre de una
salud de hierro- proceso gripal. En tan raras circunstancias, lo
habitual era que el sano de turno se solidarizara con su doliente
compañero y la salida quedara abortada, pero esta vez, ante
las protestas de Tancredo, que consideraba ridículo que su
colega se sacrificara por su causa, Demetrio acudió solo
a la convocatoria ciclista. Ese día anduvo taciturno, sin
encontrar el ritmo de pedaleo; tal vez fuera por eso que se quedó
un tanto rezagado del pelotón. Tuvo mala suerte: en una curva,
un automovilista distraído lo embistió, enviándolo
al fondo de un barranco donde encontró la muerte. |
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Tancredo
nunca dejó de culparse del trágico final de su amigo.
"¡Si le hubiera dejado quedarse..! ¡Si no hubiera
insistido tanto en que saliera con los demás..!", decía
contínuamente. Anque se le pasó por la cabeza, no
se atrevió a sugerir que su entrañable compañero
fuera amortajado con la ropa de ciclista, seguro de que, si bien
era probable que ése hubiera sido el deseo del causante,
tal indumentaria traería malos recuerdos a sus deudos. A
nadie sorprendío, dada la estrecha unión de los dos
camaradas, que Tancredo no volviera nunca a montar en bicicleta;
tampoco puede decirse que pillara de sorpresa el hecho de que, tras
el óbito de su inseparable compadre, el superviviente del
"Tándem" languideciera melancólicamente
durante un corto tiempo, sumido en una profunda depresión
que desembocó en una muerte que los médicos, incapaces
a buen seguro de encontrar explicación más racional,
certificaron como fallecimiento por repentino paro cardiaco.
Lo que sí causó general estupefacción fue el
inexplicable hecho de que las bicicletas de los dos extintos compañeros
desaparecieran misteriosamente, a pesar de que ni la cerradura del
trastero de Tancredo ni la de la carbonera de Demetrio, respectivos
y habituales lugares de reposo de ambas máquinas, mostraran
signo alguno de haber sido violentadas. En un principio, se aventuró
la posibilidad de que las viudas, despechadas y resentidas contra
la actividad que, según su opinión, había terminado
con las vidas de sus cónyuges, se hubieran deshecho de las
dos monturas, pero este extremo fue rotundamente negado por ambas
enlutadas, de manera que el enigma quedó sin resolver.
Los cliclistas aficionados, al igual que los pescadores, son generalmente
muy mentirosos: siempre andan alardeando de sus hazañas deportivas,
de aquella vez que subieron tal puerto sin llegar a meter el veintitrés,
o de aquella otra en que alcanzaron los noventa kilómetros
por hora en un pronunciado y vertiginoso descenso, así que
no es de extrañar que la desbordante imaginación de
algunos integrantes del pelotón acabara por suplir la carencia
de explicación plausible y real para la desaparición
de las bicis del malogrado "Tándem". Hubo quien
aseguró haber visto en el horizonte, entre la bruma de alguna
fría mañana de invierno, las espectrales figuras de
los dos inseparables amigos, a la grupa de sus huidizas máquinas;
otros afirmaron con denuedo haber visto las descabalgadas bicicletas
desorientadas y errabundas por carreteras y caminos, en busca de
sus dueños. Finalmente, la fantasía que más
arraigó en la grey ciclista fue la de que ambos velocípedos,
igual que perros fieles, habían abandonado espontáneamente
este mundo a fin de reunirse en el más allá con aquellos
que habían dado vida y sentido a sus artificiales existencias.
Texto: Carlos García Valverde
Ilustración: Roberto Horas
Socios del C.C.L.
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